Como alguien que está al tanto de las novedades editoriales como de los autores que más revuelo causan no he sido ajena a la repercusión de Maggie O’Farrell. Hasta hace unos meses había postergado la lectura de cualquiera de sus obras, a pesar de la confianza que me daba el hecho de que estuviera publicada en español por “Libros del Asteroide”. Aprovecho para recomendar la editorial desde aquí si alguna vez paseáis, entráis en una librería sin saber qué buscar y necesitáis una apuesta segura. Pese a ello, ninguno de sus títulos me atraía lo suficiente como para adelantar su lectura frente a la creciente pila de libros pendientes. Sabiendo que Chloé Zhao iba a adaptar “Hamnet”, del que tan buenas críticas me habían llegado, decidí leerla antes de su estreno. La autora decide narrar la historia de la creación de la pieza “Hamlet” centrándose en la vida de la mujer del dramaturgo. En los últimos meses se han escrito cientos de artículos que ponen en duda la veracidad del relato. Que uno de los tres hijos de la pareja murió está demostrado, aunque no tanto la elaboración minuciosa del personaje de Agnes. Poco importa, ya que, en mi opinión, aun siendo una novela con un punto de vista más que bienintencionado, se pierde en escenas infinitas que me hicieron perder el interés casi a la mitad de la historia. A pesar de ello, sí me sentí profundamente atraída por la idea de colocar en el centro del relato a Agnes y sacarla así de la cansina imagen de compañera pasiva de William Shakespeare, a las que nos hemos visto expuestos durante siglos.

Me interesó el hecho de que, en un año en el que Paul Thomas Anderson se ha vuelto a atrever con Thomas Pynchon y Netflix ha adaptado otro texto con “Train Dreams” (está en Netflix, no os la perdáis), Maggie O’Farrell hubiese trabajado codo con codo con Chloé Zhao, galardonada hace años por la magistral “Nomadland”. A esto se sumaba el hecho de las críticas a Jessie Buckley, actriz irlandesa de la poco había escuchado hablar más allá de su papel en “Beast” y de su fichaje por Maggie Gyllenhaal para su nueva película. Aprovecho para añadir a mis plegarias cinéfilas que siga trabajando y que no sea flor de un día.
Me gustaría decir que Buckley encabeza un reparto que bien ha merecido la nominación de Nina Gold en la inauguración de esta categoría en los Oscars de este año. Emily Watson vuelve a dar una lección magistral en un rol que han hecho bien en recuperar de la novela. Pero desgraciadamente, aquí es donde empiezan a sucederse una serie de decisiones, si no incoherentes, sí un tanto desconcertantes.
Por un lado, el protagonismo de la novela de Agnes se reparte casi por partes iguales con el de un William Shakespeare/Paul Mescal que no merecía tanto metraje y que distrae de aspectos mucho más aprovechables que sí brindaba la novela. Pero el gran entuerto es otro, más grave: si algo queda claro tras leer la novela de O’Farrell es la reivindicación de las mujeres adelantadas a su tiempo de las que tenemos testimonio. Dedicando gran parte de su tiempo a los cuidados, durante muchos años y privadas de acceso a los estudios, trabajaron en la medicina tradicional proveniente de los saberes populares. Ese es el caso de la Agnes de la novela, que incluso después de la muerte de su hijo, sigue recibiendo a los familiares y vecinos para curarlos. ¿Por qué despojarla de esta condición para relegarla únicamente a la de madre coraje?

La adaptación de la novela presentaba una oportunidad de oro (por la dirección de actores, por la fotografía…) para enmendar los errores de la novela. Sin embargo, deberemos quedarnos sin ver a Buckley en esas escenas y con el mal sabor de boca de esa última secuencia de protagonismo dividido.
