Mi primer contacto con Shirley Maclaine se dio gracias a Magnolias de acero (Herbert Ross, 1989) y a la televisión, posiblemente años después de su estreno como le sucedía a cualquier niño de aquella época. Para cualquiera que haya indagado, esos años resultaron gloriosos para el melodrama con toques de comedia: Armas de mujer, Tomates Verdes Fritos, La fuerza del cariño o Mujeres al borde de un ataque de nervios. MacLaine elabora el personaje cómico más recordado de todo el reparto con la ayuda de Herbert Ross, el director, con el que ya había trabajado en otras ocasiones.
A Shirley Maclaine se la podía reconocer como una gran dama del cine, pero Herbert Ross estaba en la cresta de la ola dejando éxitos en taquilla como Footlose (1984) o Funny Lady (1975). Con una fama consolidada como bailarín y coreógrafo, Ross también firmó una de las favoritas de esta casa llamada Sala2000: Play it again, Sam (1972). También la recordarán por la malograda traducción de su título: Sueños de un seductor. Desconozco este dato, pero me atrevo a aventurar que la atmósfera vibrante de aquella época debió ser la que reunió a Ross y a Woody Allen. Posiblemente, también andaba por allí Shirley Maclaine, unida a Allen por aquella mítica recepción del Oscar en su nombre por Hannah y sus hermanas (1987):
En 1857 Herbert Ross rodó su película más íntima: Paso decisivo. En ella, y a través de alguna que otra referencia personal, incorporaba todo lo aprendido en el mundo del baile y ponía a sus órdenes a Anne Bancroft y a Shirley Maclaine. La danza como disciplina y el coro como forma de vida, según sus propias palabras, son los lugares comunes a los que Maclaine siempre recurrirá para hablar de su vida tanto en las entrevistas como en sus libros más personales. Su presencia ágil y su actitud vivaracha le sirvieron para configurar un personaje único en su tiempo y por el que siempre será recordada. El hecho de ir de la mano de su faceta musical le sirvió como seguro de vida en caso de que la interpretación fallara y, además, supo conjugarlo con un carácter indomable para la época. Esta mezcla le dio el pase directo para formar parte ocasionalmente del Rat Pack, ese selecto club de señores famosos de Hollywood no únicamente recordados por sus buenas artes. Eso ya lo dejamos para otro capítulo.

Sin embargo, si algo aprendemos de Shirley Maclaine a través de las páginas de su amplia bibliografía publicada, es su curiosidad insaciable y su mente privilegiada para, entre otras cosas, el análisis de la política de su tiempo. Todo este conjunto de factores junto con la decisión deliberada de no volver a casarse después de un matrimonio frustrado la hizo ganarse una fama de «mujer difícil de complicado trato». Tanto es así que, cuando llegó el momento de menos papeles debido a su edad y a la falta de personajes femeninos en el cine, el coro volvió a salvarle la vida y se dedicó a viajar con sus espectáculos de música y de baile. Pero eso no fue lo único. Maclaine, en los años sesenta, ya era conocedora de la tradición literaria norteamericana, de la cultura clásica y, gracias a los múltiples viajes que realizaba sola a Asia, de las diferentes tradiciones orientales.
Esa influencia y su apetito por saber más sobre todo aquello que nuestra visión no alcanza, la llevaron a una lectura concienzuda de la metafísica y a múltiples charlas con gente de todo el mundo acerca de la espiritualidad y especialmente de la reencarnación. Nuevamente y tal y como advierte en su libro de memorias Lo que sé de mí (Out of the limb 1983). En sus páginas, la actriz combina sus recuerdos de la historia de amor que mantuvo con un famoso político inglés de la época con ese período de su vida en el que junto con Gerry (nombre falso que le da a su amante), se dedica al estudio minucioso del alma humana.
